Posted in octubre 2009

Alaska

Alaska pic

Hace unos días, mientras tomaba una copa con unos amigos, pude escuchar como alguien se jactaba de tener decenas de amigos en Facebook. Que si yo tengo 356, que si yo espero llegar a 100 antes de fin de año, que si fulano tiene más de 800… Me consta que el número 100 marca un punto de inflexión y hace que tu perfil saque pecho  ante aquellos que se incorporan a la red social como novatos. ¿Os imagináis a alguien en Facebook con uno o dos amigos?. Sería como mirar al mundo desde detrás de una cortina. Estaríamos delante del mirón 2.0. Todos nos señalarían con el puntero del ratón. ¿Acaso deberíamos de fiarnos de una persona que tiene menos de 5 amigos en Facebook?. ¿Por qué extraño motivo no envía solicitudes de amistad  a todo quisque y sobretodo, por qué nadie se las envía a él?. Sabrá esta persona que existe Tuenti, Twitter…incluso montones de redes en las que millones de personas que no se conocen, deciden hacerlo, o simplemente, observan pensando si será una buena idea que se acaben conociendo. No voy a negar que, tras la cortina digital que representa la pantalla del ordenador, todos nos sentimos cómodos. Podemos decir si algo nos gusta, hacer comentarios, confirmar nuestra asistencia a eventos a los que nunca iremos, y poner una foto de una mata de habas si es que las imágenes propias de las que disponemos no son de nuestro agrado. Tampoco voy negar las virtudes comerciales de la red, del networking, incluso de la posibilidad de que uno aproveche la coyuntura para encontrar el amor de su vida si se da el caso. Me impresiona el hecho de ver la denominación de origen de los amigos agregados en Facebook. Gente de todos los confines forman parte de la cuadrilla 2.0. Analizando este modelo de amistad, recordaba unas palabras pronunciadas en una rueda de prensa por un amigo, de profesión matador de toros, que todavía con las graves heridas producidas en su última visita al trabajo, decía que “si ustedes quieren comprobar cuanta gente les quiere, tírense por un balcón…”. Me pregunto cuantos amigos del Facebook asistirían a un evento como ese. En fin, mientras me afano en ampliar mi lista de amigos, y confirmar mi asistencia a ninguna parte, creo que es es el momento de añadir a mi lista a Gerard. Es un muchacho de Alaska que no se muy bien como a llegado hasta aquí, pero seguro que hará que la gente que me mira desde su pantalla, piense que soy un tipo con muchos amigos, un tipo importante.

La pelota de trapo

pelota way

El timbre interrumpió el silencio de los pasillos a las 13.15 como era habitual. Mientras me abalanzaba con el resto de mis compañeros hacia la puerta comprobé que la moneda seguía en mi bolsillo. Me pegué a la pared de la escalera que llevaba hasta el claustro. Bajé en silencio y ordenadamente con el fin de evitar algún que otro tortazo de los que se escapaban frecuentemente. Me uní a la marabunta que se dirigía a la puerta principal hasta que por fin el aire se hizo menos denso. Cruce la calle casi sin mirar y de un salto entré en el quiosco. Estaba allí, junto a otras muchas. Puse mi moneda en el viejo mostrador de madera y la señora hizo lo mismo con la pelota. La apreté con fuerza. Como todos los días, empecé a pensar qué camino elegiría para llegar a casa. Me acerqué la pelota a la nariz y aspiré con fuerza. Olía muy bien, me recordaba aquellas montañas de pieles de colores que mi tío Paco convertía en bolsos en su pequeño taller. Iniciada mi particular coreografía sobre la acera, a pata coja bordillo arriba bordillo abajo, llegué hasta la Avenida del Oeste. La pelota iba de una mano a otra. En la esquina de la carnicería, reconocí la figura de los gemelos. Eran dos tipos un poco mayores que yo, aunque de menor estatura. Ambos llevaban unas mugrientas gafas de pasta remendadas con esparadrapo. Me miraron desafiantes con una sonrisa que presagiaba que algo iba a ocurrir. Mis piernas se habían quedado pegadas al suelo. Mi saliva se afanaba en avanzar por el estrecho conducto de mi garganta. Uno de ellos de puso a mi lado y me tiraba de la oreja mientras el otro me susurraba:  ”¿Qué tienes para nosotros…?”.  Mi mano apretaba con fuerza mi  redondo tesoro . Un pequeño forcejeo y algún que otro empujón hicieron salir unas lágrimas de pánico. Podía oir cómo mi corazón golpeaba mi pecho. De repente escuché una voz grave y rotunda. ¡Eh, vosotros dos!. Me di la vuelta pensando que había llegado el momento de escapar. Todavía respiraba con dificultad cuando los vi delante de mi. Me miraban con una sonrisa de complicidad. Cada uno llevaba una pelota debajo de su brazo. “Señor, ¿es usted su padre?”. Un tipo uniformado me miraba con cara de circunstancias. Asentí sin saber muy bien donde estaba. ”Aquí dentro no se puede jugar”.  Separé la pelota de beisball de mi nariz y la dejé sobre la estantería, me disculpé y me dirigí aliviado hacia la caja. Salimos a la calle dejando atrás el letrero luminoso de la tienda. Ya cerca del coche, vi como uno de mis hijos  acercó su pelota a su nariz para olerla, el otro,  botaba la suya sin parar mientras saltaba,  bordillo arriba, bordillo abajo.

Mediterráneo puro

Fachada La Serena

Soy de aquellos que piensan que nos resultaría muy difícil vivir sin tener cerca el latido del mar. El Mediterráneo me transporta a la infancia, a los orígenes de mi familia, a la Malvarrosa, al merendero de Güaro, a la sonrisa de mi abuelo. El mar, cercano, nos lleva a estimular los cinco sentidos. Hace unos meses, mi Mediterráneo interior cambió de rumbo. Con un levante tan fresco y húmedo como reconfortante, pude descubrir un latido entre casas blancas que me llenó de sensaciones anheladas. En el corazón de Altea, en el barrio de Bellaguarda, y tras acariciarme la piel con una entrada de tul morado, una flor blanca de ojos negros me envolvió con su magia. Casi sin tiempo para desvanecerme, la sal, la arena, el aroma de las cañas y el sonido del agua, me dieron cobijo sin pedir nada a cambio. Me senté en la terraza con una copa de cava frío y dejé que mis ojos se entregaran al mar. Poco a poco supe donde quería vivir, cuales eran mis sueños y donde estaba mi camino… junto al mar.

Action painting

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Recuerdo perfectamente el sonido de aquellos zapatos de plataforma al subir a la tarima de madera sobre la que estaba su mesa. Soliá llevar pantalón de campana, de moda por aquel entonces, seguramente con la intención de disimular aquellas alzas que le hacían parecer un tipo de estatura media. Entre las anchas patillas, unidas a un pelo secado a cepillo, se acomodaba una mirada desafiante, dura. La bata blanca descansaba sobre el brazo izquierdo como si de un capote se tratara. Como siempre que nos recorría con su mirada mi corazón empezaba a latir con fuerza y mi estómago se tambaleaba con un desasosiego que solo desaparecía cuando le perdía de vista. Tras una breve charla que nunca llegué a entender, se metió dentro de su funda blanca y se dirigió al encerado. Tic tic clap clop, toc tac clop tuc…el ritmo era endiablado. Mi ansiedad disminuía lentamente con el golpeteo de la tiza. En breves minutos toda la superficie se llenaba de elementos maravillosos que formaban un conjunto casi cósmico. Creo que una breve sonrisa me llenaba el rostro. De repente todo se venía abajo. Se acababa la química visual y su cara se revolvía contra aquellos que nunca entendimos lo que nos quería contar. De repente mis piernas empezaron a temblar como de costumbre. No era capaz de esconderme lo suficiente. Algunos de mis compañeros reían. A la voz de “Blasco, salga a la pizarra..” me enfrentaba a un momento que, todavía hoy, no consigo olvidar. Nunca conseguí entender que me querían contar en clase de Química Orgánica.

3:33

Paso a paso,

gota a gota,

y en mi muñeca,

aquel Casio de ojos rojos…que siempre marcaba las 3:33.

Cómo decirlo…

“Por no reirme”…es un espacio de libertad en el que cuento lo que busco y casi nunca encuentro. Lo que miro y lo que admiro, los momentos que me dan aire para seguir caminando.

Un espacio en el que caben todos aquellos que saben volar, los que nunca guardan la ropa.

Un espacio para los que pensamos que todo lo que está inventado se debería reinventar.

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