Hacía un día de esos que le gustaban a Hugo. Una ligera brisa y esa luz tan especial del mediterráneo que hace salir las camisas de color de los armarios. Era mediodía y amigos, seres queridos y un sinfín de conocidos iban llegando. En la sala, flores blancas, mármol color crema, madera de haya, sillas pegadas a las paredes, una mesa redonda con un centro de flores envuelto en plástico, un plato de cristal con bombones cubiertos de papel dorado y unas cortinas de terciopelo azul que cubrían, a modo de escenario, la pecera tras la cual Hugo, descansaba para siempre. Patricia fue la primera en cruzar por delante del atril que anunciaba el velatorio. Apretó con fuerza la mano de su marido para no perder el paso. En su cabeza se agolpaban los recuerdos, las tardes interminables frente al faro del Albir, su sonrisa irresistible. Se acercó a la vitrina, apartó con suavidad el manto azul como queriendo no despertarlo. Le miró durante unos segundos. Respiró profundamente. Sus labios comenzaban a temblar cuando sintió una mano que se apoyaba sobre su hombro. Era Claudia, la mujer que había compartido con Hugo los últimos 29 años. Se miraron y sin cruzar una palabra se abrazaron. La mano de Claudia acariciaba la espalda de Patricia que no pudo contener la emoción. Sacó un pañuelo de su bolsillo y secó las lágrimas de Patricia, la rodeo por la cintura e hizo un gesto con la mirada que señalaba a Hugo. Ambas rieron de manera contenida. Uno de los últimos deseos de Hugo fue que sus manos no se cruzaran sobre su pecho en su momento final. No quería tener un gesto conformista ni muerto. Claudia se tuvo que pelear con el asistente del tanatorio pero al final, Hugo consiguió que sus manos se cruzaran apoyadas sobre su bragueta. Su sentido del humor era cáustico y dulce a la vez. Claudia y Patricia se prometieron una cita para tomar un café y contarse cosas de Hugo. Se despidieron. Al salir, Patricia cogió de la mesa un bombón, lo acercó a tu pecho y dejó salir un suspiro de nostalgia.
Ana y Gabriela llegaron juntas dos horas más tarde. En el camino hablaron de Hugo, de su imaginación en las distancias cortas. Hugo siempre tuvo una magnífica relación con todas sus ex-mujeres, algunas se conocieron y mantuvieron una relación de amistad durante años. Ya en la sala, Ana fue directamente hacia el cristal que separaba a Hugo del resto de los mortales. Gabriela se sentó junto a Claudia y le cogió la mano. Durante unos minutos se dijeron todas esas cosas que se dicen cuando uno no sabe muy bien qué decir. Ana se acercó con una botella de agua que compartieron las tres. Después el habitual “llámanos para cualquier cosa que necesites” salieron del tanatorio. En el coche Ana sacó del bolso dos bombones dorados que había cogido del plato de cristal y le ofreció uno a Gabriela. Se miraron mientras el chocolate se derretía en sus bocas. Esbozaron una sonrisa de complicidad que envolvía un pequeño secreto.
Con unas enormes gafas de sol negras y un ajustado pantalón de cuero apareció Sara. A pesar de los años seguía teniendo un cuerpo envidiable. Se acercó lentamente al escenario. El martilleo de sus tacones interrumpía el silencio. Le costaba respirar con normalidad y sintió que sus largas piernas temblaban. La sentaron en un sillón de piel junto a la mesa de la entrada. Mientras bebía un poco de agua sus ojos miraban fijamente el plato de los bombones dorados. Por sus enormes ojos negros resbalaba la tristeza. Alcanzó un bombón, lo introdujo en su boca y dejó caer su cabeza sobre el respaldo de la butaca. Durante unos minutos el llanto y la risa se hacían un hueco entre un sinfín de recuerdos. Sara salió de la sala después de dejar el broche de sus rojos labios en el cristal.
Los últimos amigos de Hugo fueron abandonando el tanatorio. La noche anterior fue muy larga y Claudia estaba exhausta. Cerró la puerta de la sala. Necesitaba estar sola. Con las fuerzas justas, acercó una butaca hacia el cristal que le separaba de Hugo. Le dolían las piernas y se recostó apoyándolas sobre el brazo de la butaca. Giró la cabeza y miró a Hugo con un amor infinito. Sus ojos se cerraron, buscó en su bolsillo uno de los secretos dorados que guardaba. Le quitó el papel muy despacio y colocó el bombón entre sus muslos. Al otro lado del cristal Hugo parecía mover sus dedos por última vez.
