Cuando te acercas a los cincuenta es inevitable hacer un pequeño repaso de la vida que llevaste, o de aquello que te llevó a vivirla. Jade, en verdad, no estaba en su mejor momento. Se sentía muy cansada. De su relación con Leo, que duró casi veinte años, solo le quedó el recuerdo de una sonrisa estúpida, semiautomática, y dos cobayas, una de pelo claro y una de pelo oscuro. Llevaba días pensando en coger lo indispensable y dejarlo todo. Descender a tumba abierta, cambiar de nombre, de ciudad, de pelo, de cobayas. Pero una vez más se sentía invadida por el miedo, por esa constelación de voces que le decían lo de siempre, que le hablaban de los cuidados, de los imposibles, de lo inútil, de la rueda que gira impasible e imposible. Pero esta vez era diferente. Después de lanzar al mar la piedra número 33, respiró profundamente, abrió los ojos y la isla estaba allí, mirándola de frente, como tantos otros días. Vació todo lo que tenía en los bolsillos. Sobre la arena se quedaron un mechero, monedas, las llaves de la casa y su cartera. Jade se adentró en el mar abriendo la boca, los brazos, el alma, sintiendo que que todo empezaba de nuevo. La isla cada vez se veía más cerca. Costaba nadar con el oleaje, pero ya no tenía miedo, ya nada era imposible. Mientras tanto, en el apartamento de Jade, la cobaya de pelo claro miraba a la cobaya de pelo oscuro esperando un desenlace que iba a marcar el resto de sus vidas.
